La vi desaparecer en la penumbra mientras mascullaba algo para sí misma. Entonces, entré. Era una casa enorme, muy antigua, era obvio que el dueño tenía mucho dinero. Pero aun así estaba descuidada, demasiado oscura y con polvo por todas partes. Lo primero que pensé, fue en el duro trabajo que me esperaba cuando tuviese que limpiar todo aquello.
-¿Hola? – me atreví a decir – Yo...venía por lo del anuncio, ya sabe, como criada. Me recibió la anterior, pero se ha marchado, y...
-¿De dónde eres?
-Vengo del estado de Washington , señor.
-Bien. Estarás acostumbrada al frío. ¿Tienes familia?
-No señor, ninguna.
-Excelente. En ese caso, quedas contratada. Espero que no hayas traido demasiadas pertenencias, tu cuarto no va a ser precisamente amplio. De todos modos, ve subiendo al piso de arriba, te instalarás en la primera habitación de la derecha.
-Ahora mismo señor – comencé a subir las escaleras.
-¡Oh! ¡Lo olvidaba! ¿Cuál es tu nombre señorita?
-Me llamo Tanya Hale. ¿Usted...?
-Soy Tom Black. Y ahora, ve subiendo tus cosas.
-Sí, señor Black.
Aquella conversación me dejó muy inquieta. El extraño señor Black me ponía los pelos de punta. De hecho, se me hacía raro llamarle señor. Era muy joven, no parecía tener muchos más años que yo. Para hacer honor a la verdad, era bastante guapo, pero le sucedía lo mismo que a la casa: estaba totalmente descuidado. Su cabello rubio estaba enredadísimo, y unas negras ojeras surcaban sus ojos verdes. Era de un palidez extrema, más tarde descubrí, que era a causa de no abandonar jamás la casa, y presentaba el aspecto de un vampiro. Aquel hombre me daba escalofríos. Pero empezó a darme más que escalofríos cuando una noche de invierno, en una de nuestras extrañas conversaciones, se me ocurrió preguntarle por la anterior sirvienta. Esbozó una sonrisa siniestra.
-¿Qué porqué la despedí? Ella era... demasiado curiosa. Demasiado curiosa para mí.
Aquella frase hubiera sido perfectamente normal, si pasásemos por alto el hecho de que dos noches después, encontré un cadáver femenino en el jardín. No dije nada, por supuesto. Me invadió el pánico y lo arrojé al río. Pero al día siguiente vi otro, y luego otro, y finalmente vi mi propio cadáver. Me pellizqué hasta hacerme sangre para cerciorarme de que estaba despierta. Pero así era, y si aquella no era yo, porque era imposible que me estuviera viendo a mí misma, un cuerpo idéntico al mío yacía ensangrentado sobre el césped del señor Black.
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