22 de agosto de 2011

Y lo llamaron Nueva York.

He estado un poco ausente. Mis disculpas, he estado fuera. He cumplido años, el Barça ha ganado la supercopa, y bueno, han pasado muchas cosas, pero voy a pasar de ellas, prefiero invertir mi tiempo en esta. Hace unos días hice un viaje, que llevaba desde niña queriendo hacer. He ido a la ciudad de los sueños, y al país de las oportunidades. He ido a Nueva York.



Diez días que se han hecho cortísimos, pero no me importa. Estoy segura de que volveré. Como Terminator. Ese lugar es probablemente... lo más impresionante que he visto en mi vida. Gente de todas las razas, de todas las culturas, nada predomina. Comida de todas las clases, de todos los países. Todas las clases sociales, todos los barrios posibles. Todas las religiones, templos de todas las clases. Todo el arte que puedas imaginar: museos clásicos, modernos, de pintura, de escultura, de historia natural, de historia del país. Todos los gustos musicales; niñas con camisetas de Justin Bieber, camisetas de Nirvana en el H&M, caricaturas de Amy Winehouse, homenajes a John Lennon por todas partes, Marylin Monroe pintada en todas las paredes, todo el merchandasin de Elvis que puedas imaginar. Nueva York es sentir que puedes ser lo que quieras ser. No existe la moda. No existe el concepto mal visto. TODO está visto. Hace treinta y pico grados (noventa y pico en Fahrenheit). La gente va en botas altas, en botas de militar, con abrigo, con hombreras, en bikini, en leotardos, en medias rotas, en vaqueros, de traje, en falda, en pantalón, con converse, con tacones, con vestido de boda sin boda, con pamela, con gorra, con gafas de sol, con cadenas, en calcetines altos, en chándal, en gorro de lana, con rastas, rapados, pelo largo, pelo corto, afro, liso asiático, hecho una mierda, en coleta, suelto, en trencitas. La gente va como le da la gana y hace exactamente lo que le da la gana. Si existe, está en Nueva York. La gente vive al límite, vive al máximo, lo vive todo. No hay tiempo que perder. A penas hay restaurantes. Los neoyorquinos no tienen tiempo de sentarse, pedir, esperar, comer, pedir la cuenta, esperar, marcharse. Los neoyorquinos encuentran un puesto de hotdogs cada cinco pasos. Y quien dice hotdogs dice kebab, refrescos varios, comida tailandesa, arroz, pollo, pavo, pinchos morunos, durums, y cosas que ni sé como se llaman con salsas que por supuesto tampoco sé como se llaman. Pero sé que pican. Al menos mi padre parece saberlo. Casi no hay supermercados. Nadie cocina, nadie come en casa. La gente compra la comida precocinada siempre, cualquier tipo de comida, desde paella hasta filetón en salsa. Se mete en un tupper, se pesa, se cobra y te lo llevas. Y vas a Central Park, te sientas en un banco, y te lo comes. Central Park, la masa verde más extensa que he visto en mi vida. Desde la calle 59 hasta la 110. Puedes entrar allí y ser un deportista, un skater o un músico de jazz. Hay una piscina, un zoo, nosecuantos lagos, puestos con bicicletas, puentes, construcciones, puestos de comida, espectáculos varios. Puedes ir allí lloviendo, por la tarde, comprarte una gorra de caza roja y ser Holden Caulfield. Si quieres puedes salir, darte una vuelta por el Museo Americano de Historia Natural y volver. O si ya que entras a un museo prefieres ver arte, puedes pasarte un rato por el MoMA, el Museo de Arte Moderno. Puedes ver allí a Picasso, a Warhol, a Dalí, a Miró, admirar sus láminas, perderte horas en ellas, y soñar con que algún día habrá algo tuyo en una de esas paredes blancas. Si nunca te gustaron los museos, tal vez prefieras ir a la Quinta Avenida. Puedes pegarte como una mosca al cristal de los escaparates, mirando firmas de precios imposibles, aunque ese es un plan que le reservo a mi madre y a mis amigas, es algo que nunca me atrajo. Aunque más bien a mi madre, porque mis amigas disfrutarían más en el Soho, en Chinatown, viendo tiendas y tiendas, y tiendas y más tiendas, regateando en inglés con una japonesa que está comiendo nosequé cosa de tofu. Seguro que les entraría hambre, y se dejarían caer un rato por Little Italy, el barrio con las mejores pizzas, espaghetis y raviolis de toda la ciudad. Pero mi parte favorita de toda Nueva York, lo que más me ha gustado, ha sido Time Square. Moriré enamorada de esas luces, de esas alturas, de esas tiendas de música, electrónica, de el anuncio de Cocacola, de M&Ms, que son videos, son anuncios como los que salen en la tele, y otro de una chica muy guapa que creo que anunciaba ropa interior. De las terrazas de nadie, que no son de un bar ni de un restaurante, las ponen por toda la ciudad solo para que tú vengas, te sientes, comas lo que has comprado, o te tomes un refresco que has pillado a un indú en un puesto con ruedecitas, o solo mires a la gente pasar, descanses, o pienses en tus cosas. Andar por ahí y sentirte pequeño, pero grande, porque estás delane de un gigantesco letrero de Nikon, del edificio de la Paramount, del un Forever21 enorme, de Planet Hollywood, del Hard Rock. Ir andando por ahí y encontrarte a un tipo disfrazado de Bob Esponja, a The Naked Cowboy, o a un Spiderman que toca el saxofon. Ver el Toys R Us más grande que vayas a ver jamás en tu vida, con una noria, sí una NORIA enorme en la que los vagones son taxis amarillos, coches, estrellas, o nubes, y querer a toda costa tener cinco años y suplicarle a tu madre que te deje montarte y te compre una Stacy Malibú después. Pasar por la tienda Disney, esa tienda en la que pagan a un chaval solo para que se ponga un traje azul por las mañanas y te diga al entrar 'Hi! How are you?' y al salir 'Bye! Have a nice day!'. Donde las niñas pueden ser princesas y los niños vestirse de Jack Skellington. Nueva York es esa ciudad en la que te levantas por la mañana, coges un café en cualquiera de las mil tiendecitas que hay en la parte de abajo de la Estación Central, subes a la parte de arriba, y coges un metro a boleo, te deje donde te deje el día será genial. Y a lo mejor te deja cerca de Liberty Island, coges un barco gratuito para cruzar al otro lado, que una familia de dinero instaló hace muchos años, para que la gente viajara de una lado a otro, del trabajo a sus casas de veraneo solo con una condición: aunque ellos murieran, el barco debía ser gratuito para siempre. Puedes asomarte a la ventana y mirar hacia la Estatua de la Libertad, esa a la que tanta gente miró antes que tú deseando que sus sueños se hicieran realidad. Puedes tomar otra vez el barco, regresar a Manhattan y darte una vuelta por Brooklyn, cruzando a pie el puente que tantos otros cruzaron y comprobar si es verdad, que poniendo los pies en ese puente te sientes encima del mar, sientes que todo está al alcance de tu mano, que mires donde mires todo es grande, nuevo y alucinante. Sientes que eso es Nueva York , el mundo entero embotellado en una ciudad. Sientes que estás en la ciudad que nunca duerme, la ciudad a la que siempre querrás volver. Y volveré. Y cuando lo haga, queridos lectores, será para quedarme.

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