Aviso a todo el que esté leyendo esto: escribo esto de noche, con dolor de cabeza y paranoica. El que avisa no es traidor.
La vida es como el universo. Es algo que está ahí, todos lo sabemos, pero que queda tan grande que da miedo pensar en ello. La vida es un conjunto de cosas, para bien o para mal, una red de hilos que se intercalan y conectan, forman conexiones, son interdependientes. Una persona, el concepto de persona es increíblemente complejo. Las cosas se vuelven complejas cuando no puedes aislarlas, cuando forman parte de algo mucho más grande de lo que no puedes prescindir, que necesitas tener en cuenta. El hombre es tan complicado. No solo depende de sí mismo, de su apariencia, sus ideales y sus sentimientos, si no que todo esto, a su vez depende de la apariencia, ideales y sentimientos del resto de personas. Nos influimos unos a otros. Nos moldeamos, nos pulimos, nos formamos. Es increíble lo que acciones que para ti no significan nada pueden repercutir en la vida del resto de personas. Y, ¿sabéis una cosa? Quiero que me aíslen. Como se aísla el virus en el laboratorio del resto de células. Como se retira rápidamente la manzana oscura, antes de que pudra a las demás. No quiero formar parte de la vida de nadie. Es muy probable que yo pueda aportar muchas cosas buenas, pero ¿y las malas? Por estadística tengo que aportar cosas malas. Y no quiero. No quiero que mi acción le arruine, o le decida la vida a una persona. No quiero ser responsable. No quiero que nadie dependa de mí, para nada. Quiero vivir en un frasco para no influir ni ser más influida. No quiero que dentro de un porrón de años una persona aleatoria crezca, mire una foto antigua, vea mi cara, y sepa que soy su pequeña mariposa que bate las alas y provoca un huracán al otro lado del mundo. De su mundo en concreto. No seré yo esa mariposa.
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