Hace dos meses que no escribo absolutamente nada. Diría que lo siento, pero lo cierto es que no ha sido por vaguería, he estado realmente ocupada. El caso es que ha llegado el momento que todo estudiante espera durante nueve meses. Estoy de vacaciones, he tenido unas notas bastante buenas, así que soy libre, al fin. Ahora la pregunta es, ¿libre para qué? Es fácil quedar libre de algo, no tanto ser libre para algo. No tengo absolutamente nada que hacer, y lo cierto es que me aburro. Aunque suene paradójico, este año he aprendido que la felicidad consiste en no estar nunca parado, en tener siempre algo que hacer, en sostener algo entre las manos. Si te paras estás muerto.
La vida consiste en hacer un millón de cosas hasta que te mueres. ¿Cuántas de esas cosas realmente importan? La vida es tan banal, tan hueca, tan insustancial. Ya sé que es importante hacer cosas banales, no vas a dedicar cada minuto de tu tiempo a intentar ser John Lennon, aunque por otra parte, ¿por qué no? Cada acción que realizas se supone que es el medio para llegar a un fin, sea ese fin la felicidad, el reconocimiento o el mundano dinero. ¿Por qué hacer que el fin sea alcanzado al final de nuestras vidas? ¿Por qué la meta está al final del camino? ¿Por qué la meta no es el propio camino? Deberíamos intentar ser una estrella del rock todos los días, cambiar la vida de alguien siempre que se quiera y pueda, intentar dejar huella en este mundo cada segundo que pasa. Porque de repente un día tienes diecisiete años, y estás planeando quién quieres ser el día de mañana, sin darte cuenta que hoy es mañana, y que si sigues planeando, hoy será ayer. Como dijo un soñador, la vida es eso que pasa mientras tú haces otros planes.
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