El otro día estuve con un niño toda la tarde. Tenía un
millón de cosas que hacer, pero el niño estaba allí y nadie más podía cuidarle.
Empezamos a hablar. Le pregunté qué curso hacía, qué asignatura le gustaba más,
qué le parecían sus compañeros. Me dijo que tenía siete años y empezó a
contarme todas sus aspiraciones vitales. No tardé mucho en darme cuenta de que
se creía muy superior a todo el mundo que conocía. Pero aun así, no me cayó
mal. En un momento dado me preguntó si quería jugar, y yo le respondí que por
supuesto. Me dijo entonces, ¿a qué jugamos? y no pude más que quedarme callada.
Intenté recordar a qué era lo último a lo que yo había jugado, y no me
acordaba. Pensé entonces en qué cosas sabía hacer yo, o al menos qué cosas no
se me daban desastrosamente mal. Le pregunté entonces si le apetecía pintar y
me dijo que sí. Estuvimos dibujando alrededor de dos horas. Él pintaba duendes
y brujas, y yo le preguntaba que quién era y que si habían salido de su mente.
Él me iba contando las cosas que pensaba, su opinión respecto a su hermana,
cómo funcionaba su equipo de fútbol y lo mucho que le aburrían las clases de
religión. Me pidió por favor si le podía sacar más pinturas, y sacamos de
madera, de cera y rotuladores. Entonces me di cuenta de lo desordenado que
estaba todo y me asusté. Pensé que aquello era un desastre, que iba a tener que
pasar al menos una hora recogiéndolo en cuanto él se fuera. E inmediatamente me
sentí mal. Me sentí horrible. Sentí que parecía mi madre y qué mi espíritu se
había vuelto viejo. ¿Desde cuándo me preocupaba yo del desorden mientras me lo
estaba pasando bien? Desterré el pensamiento y seguimos pintando. El niño me
preguntó si yo tenía consola. Le dije que claro, y le pregunté si prefería la
DS o la Game Boy. No sabía lo que era una Game Boy así que le saqué la DS. Me
dijo que esa era la vieja, y que ahora vendían unas que eran más grandes y
tenían nosequé botón en otro sitio. Me sentí estúpida porque ni siquiera sabía
que hubiera más de un modelo de DS, aunque por otro lado el lógico porque el mundo
no se para cuando yo dejo de comprar esas cosas. No tenía batería así que
sacamos la otra consola, que en el fondo y pese la opinión del mundo en
general, a mí me gusta más. Se quedó asombrado. No había visto un aparato así
en toda su vida. Le enseñé a jugar al juego de Mario Bros. en la Isla de Yoshi,
y aunque tenía el juego entero pasado, empezamos en la fase 1 del mundo 1. Tuve
que enseñarle a hacerlo todo, a comer enemigos, saltar, lanzar huevos,
recuperar a Mario… años enteros de conocimiento acumulado de los cuales no he
olvidado absolutamente nada. Recuerdo perfectamente la primera vez que yo hice
esa fase. Tenía exactamente su misma edad, nunca había tenido un videojuego
antes y fue el día de mi cumpleaños en la cocina de mi casa. Recuerdo dónde me
mataron, lo que me costó pasármelo y en todos los sitios en los que casi me
eliminan. El niño estaba emocionado, tan emocionado como estuve yo aquel día.
Jugamos juntos cuatro o cinco fases, y hacía muchísimo tiempo que no me lo
pasaba tan bien, bien de verdad. Nos reímos, nos pusimos nerviosos y aprendimos
muchas cosas. Me acordé de toda mi infancia, y de cómo soy ahora, y supongo que
ese niño fue mi mejor amigo durante algunas horas. Al final su abuela se le
llevó, me dijo que esperaba que nos volviésemos a ver pronto y me regaló el
dibujo que mejor le había quedado.
Sospecho que hay una enseñanza oculta detrás de todo esto,
pero no acierto a adivinar cuál.
Me encanta. No puedo decir otra cosa más.
ResponderEliminar¡un anónimo! ¡qué misterio, qué ilusión! jajaj me alegro de que te guste :)
EliminarAy, ¡mis GameBoy [Color y Advance que me tocó en El Club Disney]!
ResponderEliminarLa enseñanza que yo le he visto es que no le sé ver enseñanza más allá de la naturalidad de un niño; cosa que vamos perdiendo mientras crecemos y que dicen lo que piensan y actúan en consecuencia y tal.
ResponderEliminarCof, cof..., y el abuelo cebolleta se vuelve a su retiro con sus alpargatas de cuadros y tal.
Casualmente llevo 15 días un poco obsesionada con el Principito... la primera vez que lo lei (cuando tenías que ser alguien para tener un móvil y todavía no era normal tener internet en las casas) me obsesioné mucho, me encantó y fue durante algún tiempo mi libro favorito. El otro día fui a un bar que suelo frecuentar, y me encontré con que habían cambiado toda la decoración para ambientarlo basándose en el Principito. Los planetas, la Rosa, el farolero, el avión... así que me he vuelto a obsesionar, y ahora que gracias a tu comentario he releído esta entrada, creo que Saint-Exupéry tenía la respuesta.
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