16 de octubre de 2011

El mundo de las personas.

¿Sabéis? Cuando era pequeña me pasaba una cosa muy graciosa. Durante siglos, el hombre ha soñado con la invisibilidad, con el poder de ver si ser visto. Pues yo de pequeña, era invisible. No sé como lo hacía. No tenía ni una capa, ni polvos mágicos, ni nada. Lo hacía sin querer. No sé como sería visto desde fuera. Pero creo que los niños de mi clase debían ver a través de mí o algo así, como si fuera transparente, y cuando hablaba, el hechizo se rompía. Lo sé porque a veces, una vez al año o así, le dirigía la palabra a alguien, y me respondía preguntándome mi nombre. Llevábamos años yendo juntos a la misma clase o a la misma actividad extraescolar, pero no sabían como me llamaba. Nadie sabía quien era yo.

 

Eso nunca me había importado. Nadie me hablaba nunca, pero yo tampoco hablaba a nadie. Eso me dejaba mucho tiempo para pensar en mis cosas. Yo era una niña rubia, con rizos, la piel muy blanca, ojos azules y muchos amigos imaginarios. Me gustaba mucho imaginar cosas. Imaginaba lugares, imaginaba personas, imaginaba hasta sociedades nuevas. Se podría decir que tenía un mundo a parte. Y me gustaba. Yo era feliz imaginando, dibujando y leyendo. Eso era todo lo que me gustaba hacer.

 

No me importaban en absoluto las demás personas. Así como un libro determinado despertaba en mío ganas de leerlo, no sucedía eso con la gente. Ninguna llamaba mi atención. Y los problemas vienen cuando en una multitud de blanco y negro, todos iguales, monótonos, carentes de interés, aparece una de color rojo. Entonces ya te importa una persona, y entonces todo cambia. Porque sales de tu mundo y te metes en el suyo. El extraño y complejo mundo de las personas. Y resulta que tú empiezas a importarles a ellas, y comienza una maraña de relaciones que se enredan, que se tuerces y de las cuales, la mayoría no comprendes. Y el tiempo avanza, y la vida avanza y las relaciones avanzan, y ¡eh! ¿Qué pasó con la persona de color rojo? A lo mejor ya no le importas. Y entonces las cosas vuelven a cambiar. Y el mundo de las personas ya no te gusta y no puedes salirte porque la maraña te atrapa y te enreda. Y te das cuanta de que la multitud es otra vez en blanco y negro, la diferencia es que te has pringado de un imborrable color rojo.

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