A mí, muchas veces, muchas cosas, me salen mal. Y hay dos tipos de cosas que salen mal. Esas, que se ve de lejos ya, que van a ser una cagada épica, memorable y digna de ser incluida en la memorias de nuestro país, y otras... pues las otras son las peores, las que encima te piensas que te van a salir bien.
Qué diablos, dejemos la palabra ‘cosas’ que es muy fea, y digamos ‘exámenes’. Que hasta las narices estoy ya de generalizarlo todo en este blog, y de no concretar y de al final no decir nada porque sé que mucha gente lo lee e igual os sentís ofendidos o simplemente reflejados. Pues me da igual ya porque más ofendida estoy yo.
El caso, es que he tenido un examen. Bueno, uno no, muchos. Unos me esforcé más, otros me esforcé menos. Y voy a tener unas notas cuanto menos variadas. Pero este examen en concreto... no tenéis ni la más remota idea de lo que me esforcé. Hice todos los deberes, busqué las cosas que era opcional buscar, atendí, cada día, cada maldito día del trimestre, una atención de esas enfermiza, que concentrada en un punto podría atravesar cosas. Estudié al día. YO. Que soy la persona menos organizada del universo conocido, ¡conseguiste que estudiara al día! Y que hiciera resúmenes. Y que ordenara apuntes. Y que pasase las cosas a ordenador. Sé que te da igual, y que seguro que eres el único que no va a leer esto, pero si vieras mi cuaderno... si lo vieras. Existen documentos del Real Archivo menos organizados, pulcros y obsesivamente completos que mi cuaderno. Hice de la asignatura una religión. Que me sabía las cosas parafraseadas, por Dios vivo. E hice un examen... yo me habría casado con ese examen. Me lo habría llevado a las Vegas y le habría pedido matrimonio, no he estado más orgullosa de un examen en toda mi corta, maldita y lamentable vida, NUNCA JAMÁS. Encima, estaba ordenado. Y tenía márgenes. Que la gente se debe pensar que yo dejo márgenes en todos los exámenes. PUES NO. El resto de mis exámenes son una porquería... la cosa más puerca y asquerosa del mundo. Escribiendo del principio al final de papel, desde arriba hasta abajo, sin márgenes de dos dedos, aprovechando el papel, salvando árboles. Este no. Este encima era bonito. Y con una letra... qué letra. Tengo una letra que da gusto verla, de clara, de precisa, de sencilla. Y con sangrías. El maldito examen eh, ese examen hijo de una hiena le hice con sangrías. ¡Por el amor de Dios!
¿Pues sabéis qué nota tengo? Un siete. Un mediocre, despreciable, asqueroso y miserable siete. UN SIETE. ¡¿CÓMO HE PODIDO SACAR UN SIETE!? ¡En mi vida me he esforzado más, en mi vida! ¿Y para qué ha servido? ¡PARA SACAR UN SIETE DE MIERDA! DESDE EL CORAZÓN DEL AVERNO ME HAS ASESTADO ESTA DAGA.
No voy a poder vivir con ello. De verdad. La gente te mira y te dice ‘mañana será otro día’. Pero no será otro día. Será el día después del siete. Hoy, 16 de febrero, yo Sara Blanco he fracasado en la vida. El fruto de mi esfuerzo, de mi trabajo y el empleo de mi inteligencia no son más que un burdo siete. Un siete. Un siete que es la nota del mediocre, es un número que grita ‘soy una nota de mierda y encima me has sacado estudiando’. No me llaméis Sara nunca más. Llamadme Siete. ¿Por qué la vida es tan dura? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Oh karma poderoso, ¿eres tú el siete?
Me desvanezco, me desespero y me hundo en una espiral de fracaso y frustración.
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