Alrededor de medio siglo antes de nacer Cristo, un poeta romano invitó a sus contemporáneos a vivir el momento, a no pensar en el mañana, tan incierto que no sabemos si llegará si quiera. A esta actitud se la denominó carpe diem, y debe ser importante, pues yo la sigo viendo hoy. La veo en mi generación, banal, insustancial, preocupada únicamente por el hoy, por el qué me pongo, por a dónde voy el sábado, por si me peiné bien, por si estos pantalones me hacen gorda o no y por si tengo el último CD de mi cantante favorito de esta semana. ¿A quién le importa el estado de mi alma y desde cuándo se supone que tengo una? A mí me preocupa la decadencia de esta generación a la que al parecer pertenezco, aunque eso es otro tema. Por otro lado, las personas son contradictorias, pues entre preocupaciones tan efímeras como los cortes de pelo o el fin de semana, encontramos una trascendencia terrible en cosas que no sé hasta qué punto deberían tenerla. Dos personas pueden estar años enfadadas por algo que ya ni recuerdan. El mundo iría mejor si alguien preguntase de vez en cuando si lo que se está haciendo en ese momento tendrá alguna relevancia dentro de un año. La mayoría de disgustos, frustraciones y preocupaciones en realidad no importan absolutamente nada, y no son más que estrés injustificado y tiempo perdido. Las personas dicen que quieren ser felices, pero lo cierto es que no lo parece. No lo parece en absoluto.
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