
Dios ha muerto; los hombres le hemos matado. ¿Queda algo en el mundo que no hayamos asesinado?
Lo primero en morir fue la inocencia. Inmaculada, intacta y pura, quedó corrompida por la desconfianza, por la astucia, por el deseo de saber más que el otro y así aprovecharse de él. Después vino la avaricia, las ansias de poder, y con todo ello el mal. ¿Qué es un hombre que confía, que ama al prójimo y que vela por el bien común? Sin duda un ingenuo, un incauto, alguien que será pisoteado y humillado hasta que la maldad ajena lo aniquile. Para ser el mejor alguien ha de ser inferior a mí. Murió la moral. Murió la idea de bien, objetiva y superior, pasó de ser subjetiva a inexistente. ¿Qué es el Bien? Según la persona, según el contexto, según las circunstancias. Algo que depende de tantas cosas ofrece duda, es incierto, no puede definirse como una idea sólida. El Bien por tanto, no existe. Y si no existe el Bien no existe lo bueno, no hay bondad, ni humanidad, ni misericordia, ni caridad, ni nada que no dependa de mi bienestar y de nada más que el mío propio. ¿Qué queda entonces? No queda nada, si es que alguna vez hubo algo. El hombre, animal egoísta, movido nada más que por y para sí mismo. Nada da y nada merece, y si el mundo acaba mañana, no debería haber Dios que llorase por ello.
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