28 de marzo de 2013

¿Dónde estamos?

Mis padres me contaron muchas veces la historia del Milagro de los Andes. Ellos tenían casi 20 años en octubre de 1972. Como los protagonistas de la historia. Un equipo de rugby de Uruguay, chicos en torno a los 19 años, y otros pasajeros de edades y procedencias varias, cogieron un avión a Santiago de Chile el 13 de octubre. Nunca llegaron a dicha ciudad. ¿Murieron? Desearían haberlo hecho. Se estrellaron en los Andes, en época de nevadas, aislados de toda civilización entre montañas de algo menos de 4000 m de altitud y con temperaturas de hasta - 40°C. Durante dos meses, vieron cómo sus compañeros morían a causa de la gangrena, de heridas internas y de frío. Tuvieron que alimentarse de los cadáveres de sus amigos para poder sobrevivir, y al escuchar por radio que se les daba por muertos, dos de ellos atravesaron los Andes en busca de ayuda. Anduvieron durante 10 días, escalando montañas, combatiendo el hambre y el frío, sin ver nada más que la infinita cordillera extendiéndose al horizonte. Tras 55 kilómetros de ardua travesía encontraron un río, y al otro lado, un hombre. El ruido del agua les impedía comunicarse, así que el hombre les tiró papel y lápiz atado a una piedra. Los dos supervivientes se lo lanzaron de vuelta con el siguiente mensaje:
Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace 10 días que estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo nos van a buscar arriba? Por favor, no podemos ni caminar. ¿Dónde estamos?
El hombre le tiró pan, y pidió ayuda lo más rápido que pudo. Tras ser rescatados los dos supervivientes, uno de ellos sirvió de guía para indicar a los helicópteros el lugar donde calló el avión y les esperaban el resto de pasajeros. Y así, fue como 16 de los 40 que cogieron aquel avión, consiguieron salvar la vida.

El otro día vi una película que narraba esta misma historia, y tras pensar en ello, me he dado cuenta de lo poco que el hombre valora las cosas. Yo misma me angustio cuando me cargo un examen, cuando me enfado con alguien, o cuando simplemente las cosas no salen cómo yo quiero. Nos pasamos la vida preocupados, ahogados en nuestro vaso de agua particular. Y mientras tanto, hay gente que ha tenido problemas tales como decidir si comerse el cadáver de su amigo o no, tener miedo de caminar por si el suelo estalla sobre una mina, o morir de hambre cada día que pasa. El mundo es un lugar de sufrimiento. Suceden cosas horribles, y da la sensación de que quienes más nos quejamos somos quien menos deberíamos. Hay veces que uno se levanta, en busca de una razón por la que permanecer despierto el resto del día; y no nos damos cuenta, de que el hecho de que el sol esté ahí, brillando para nosotros, es razón no sólo para permanecer despierto, sino para hacer todo lo que nuestro cuerpo y alma permitan.

No hay comentarios:

Publicar un comentario