Vengo de un avión que cayó en las montañas.
Soy uruguayo. Hace 10 días que estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba.
En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no
sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo nos van a buscar
arriba? Por favor, no podemos ni caminar. ¿Dónde estamos?
El hombre le tiró pan, y pidió
ayuda lo más rápido que pudo. Tras ser rescatados los dos supervivientes, uno
de ellos sirvió de guía para indicar a los helicópteros el lugar donde calló el
avión y les esperaban el resto de pasajeros. Y así, fue como 16 de los 40 que
cogieron aquel avión, consiguieron salvar la vida.
El otro día vi una película que
narraba esta misma historia, y tras pensar en ello, me he dado cuenta de lo
poco que el hombre valora las cosas. Yo misma me angustio cuando me cargo un
examen, cuando me enfado con alguien, o cuando simplemente las cosas no salen
cómo yo quiero. Nos pasamos la vida preocupados, ahogados en nuestro vaso de
agua particular. Y mientras tanto, hay gente que ha tenido problemas tales como
decidir si comerse el cadáver de su amigo o no, tener miedo de caminar por si
el suelo estalla sobre una mina, o morir de hambre cada día que pasa. El mundo
es un lugar de sufrimiento. Suceden cosas horribles, y da la sensación de que
quienes más nos quejamos somos quien menos deberíamos. Hay veces que uno se
levanta, en busca de una razón por la que permanecer despierto el resto del
día; y no nos damos cuenta, de que el hecho de que el sol esté ahí, brillando
para nosotros, es razón no sólo para permanecer despierto, sino para hacer todo
lo que nuestro cuerpo y alma permitan.
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