14 de enero de 2012

Érase una vez,

en un reino muy lejano, un poderoso monarca con tres preciosas hijas. Eran tres niñas realmente encantadoras, con las que todo el pueblo se había encariñado. Un día, si mal no recuerdo de verano, estalló la guerra, y el padre de las niñas tuvo que marchar a liderar a su ejército. 'Los criados se encargarán de vosotras, no hay nada de lo que preocuparse, os dejo provisiones de sobra. Solo hay una cosa que es importante que recordeis en mi ausencia: jamás cruceis la puerta amarilla. Nunca. Pase lo que pase', y con estas palabras, el Rey se despidió de sus hijas. La guerra duró varios años, y bajo el techo del castillo, las niñas se convirtieron en bellas mujeres. Una mañana, la mayor, que era la más curiosa, le recordó a sus hermanas las palabras de su padre.

-Han pasado ya diez años... en todo este tiempo, ¿nunca os habéis preguntado qué hay detrás de la puerta amarilla?

-Ni lo pienses -dijo la pequeña- Papá dejó bastante claro que no podemos entrar ahí.

-Es cierto - intervino la mediana- pero hace ya mucho de eso.

Sin mediar más palabra, la mayor se levantó y se encaminó hacia la habitación prohibida. La princesa menor refunfuñó, pero aun así fue tras ella. Era una estancia sencilla, con un ventanal al fondo y un libro sobre una mesa abierto en una página determinada. Las tres hermanas se acercaron a él, y la mayor leyó en voz alta: 'La mayor se casará con el Señor del Este. La siguiente se casará con el Señor del Oeste. La más pequeña, pobrecilla, se casará con el Señor del Norte'.

-¡Debe referirse a nosotras! -exclamó la princesa mediana.

-Me inquieta ese 'pobrecilla'...-dijo la pequeña.

Pasaron trece días, y un elegante caballero que decía venir del Este se presentó en el castillo. Le pidió matrimonio a la princesa mayor, que aceptó encantada y marchó con él a su reino. Al día siguiente, llegó un hombre muy apuesto que dijo provenir del Oeste y le pidió matrimonio a la princesa mediana. Ésta, encandilada, respondió que sí y se fue a vivir con él a su palacio. Al día siguiente, había en la puerta del castillo un cerdo, que se presentó como natural del Norte, y dijo que era su destino casarse con la más joven de las princesas. El ama de llaves, a la que el Rey había dado la responsabilidad de ejercer sobre sus hijas en su ausencia, quedó impresionada por los modales del Cerdo, e instó a la pequeña a que dejara de esconderse bajo la mesa y se convirtiera en su esposa. A partir de aquel día vivieron los dos en el palacio del Cerdo, lo que sumía a la princesita en una profunda tristeza. Pero una noche, en la que la joven se despertó de improvisto, descubrió que no estaba durmiendo junto al Cerdo, si no junto a un guapísimo caballero de melena dorada. La princesa no se lo podía creer, y volvió a dormirse feliz y enamorada. Pero a la mañana siguiente, el que había sido un joven apuesto, volvía a ser su marido habitual. Se sentó ffrente a su tocador, y con impotencia comenzó a llorar. En mitad de su llanto, sin que ella se diera cuenta, entró por la ventana una bruja con cuerpo de cuervo y cabeza de mujer sabia.

-Conozco tu problema, pequeña, y también la solución. -dijo con una voz rota, llena de secretos del pasado.

-Tú... ¿tú podrías ayudarme?

-Lo único que tienes que hacer es esperar a que se duerma, y cuando lo haga atarle una pata a la cama. De ese modo, cuando despierte, seguirá siendo el apuesto hombre que deseas.

La joven princesa así lo hizo, pero le vencieron los nervios y la emoción, y apretó demasiado. El Cerdo se despertó, y le gritó a su esposa '¡Pretendías atarme! Seré un Cerdo, pero a mí nadie me ata. Me marcharé e iré lejos, muy lejos de aquí, y no podrás encontrarme a menos que se hayan desgastado tres pares de botas de hierro'. El Cerdo cogió rápidamente algunas pertenencias y la oscuridad de la noche se lo tragó. La princesita lloró y lloró, sin esperanza y sin consuelo. La bruja, que lo había visto todo por la ventana, volvió para subirla a sus espaldas y llevarla volando en busca de su marido. Aterrizó en un claro del bosque, dónde las esperaba una máquina voladora.

-Aquí está todo lo que necesitas. Una nave y tres pares de botas de hierro. Puedes empezar por preguntar en la Luna, que es testigo de todo lo que en la noche ocurre. Y recuerda, acepta toda la comida que te den y guarda bien los huesos, uno nunca sabe cuando le pueden servir.

Y tras oir esto, la princesa se calzó el primer par de botas y subió a bordo de la máquina. Al llegar a la Luna, bajó de la nave y se dirigió a los extraños seres que allí habitaban.

-Perdonen, ¿han visto a mi marido? Es un Cerdo y lleva pijama.

-Por aquí no ha venido ningún cerdo... pero puedes preguntar al Viento del Norte, que es de allí de donde los cerdos vienen. Estás muy delgada, llévate este pollo para el camino.

La princesa cogió el pollo, y mientras caminaba por la inmaculada superficie de la Luna hacia la nave se dio cuenta de lo muchísimo que le dolían los pies. Las botas se habían desgastado. Así que las dejó allí y se puso el segundo par. Por el camino hacia el Viento fue comiéndose el pollo y guardó en el bolsillo los huesos, recordando las palabras de la bruja. Al llegar, el Viento del Norte le abrió la puerta y sacó a la princesa de la máquina.

-Perdone, -dijo la princesa gritando por encima del sonido del vendaval- ¿ha visto a mi marido? Es un Cerdo y lleva pijama.

-Por aquí no hay tal cosa pequeña... pero preguntale al Sol, que ve todo lo que pasa durante el día. Estás muy flacucha, toma un pollo para el camino. Y el Viento le devolvió a su nave cerrando tras ella la puerta. 'Como me duelen los pies' pensó la princesa, que mirándose las botas, reparó en que el viento le había arrancado las suelas, y tuvo que usar el tercer par. En lo que llegaba hasta el Sol fue comiéndose el pollo, y como siempre, guardó los huesos. Empezó a sentir calor, y supo que se estaba acercando a su destino.

-Perdone, ¿ha visto a mi marido? Es un Cerdo y lleva pijama.

-No he visto nada, preciosa... toma un pollo, pareces hambrienta.

La princesa se comió el pollo y guardó los huesos, mientras tiraba el tercer par de botas, que el calor del Sol había prácticamente abrasado. Con gran pesar, sobrevoló la Tierra, y aterrizó en una región desconocida del planeta. Sus viajes habían durado casi un año, y ella seguía sin encontrar a su marido. Mientras lloraba, entre sollozo y sollozo contó su historia, para quienquiera que quisiera escucharla. Cuando acabó, los animales del bosque se acercaron a ella, y un buho le dijo 'Tendrías que haber empezado a buscar aquí. Nosotros sabemos dónde está tu Cerdo'. Esperanzada, la princesa siguió al buho, que la llevó hasta una torr sin puertas ni ventanas, en cuya cúspide se hayaba su Cerdo, tal y como lo recordaba.

-Pero, aquí no hay puerta ninguna... ¿cómo puedo subir?

-¿No tienes nada para hacer una escalera?

Los ojos de la princesa se iluminaron, y sacando del bolsillo todos los huesos recogidos, comenzó a hacer una escalera. Cuando ya estaba muy alta, casi alcanzando a su cerdo, un último peldaño era necesario para que pudiera subir. A la princesa no le quedaban huesos, y sin dudarlo un momento, cortó uno de sus propios dedos para terminar la macabra escalera. Estando ya con el Cerdo, que la miraba con una mirada terriblemente humana, lo besó en la cabeza, y éste se convitió en el caballero rubio en el que se convertía por las noches, permaneciendo en esta forma ya para siempre. El matrimonio volvió al reino del padre de la princesa, que ya hacía tiempo que había regresado, y esperaron para reinar algún día con bondad y sabiduría... como solo pueden hacerlo aquellos que han conocido grandes tristezas.

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